4 abr. 2011

Solo un cepillo con función de micrófono, un iPod apagado y yo.

Subo al escenario. Los focos me iluminan.
Tengo a mi público gritando como loco, quieren oír mis canciones, quieren oírme cantar. 
Empiezo con una de mis canciones favoritas. Todos gritan, la cantan. Estoy feliz. 
Se acaba. La canción finaliza.
Me quito los cascos. Ya no hay nada. 
No hay escenario, ni público, ni música. Nada.
Solo un cepillo con función de micrófono, un iPod apagado y yo.
Me tiro sobre la cama, vuelvo a encender el iPod y escuchando la siguiente canción de mi interminable lista y me quedo dormida.


Este vídeo me ha inspirado a escribir este fragmento.